El buen pasto está disponible para comer, el pasto que realmente alimenta a uno. Jesús nos permite acceder a lo que realmente nos permite vivir plenamente, y crecer en la generosidad, la humanidad y la santidad. Este pasto no nos era permitido comer antes de su venida, pero con la victoria de Nuestro Buen Pastor sobre los lobos de la muerte, nos abrió la puerta a la Vida Nueva de Dios.
Ha habido otras personas que resultaron ser puertas a una Nueva Vida para sus rebaños. El Martin Luther King abrió la puerta a una nueva manera de vivir para la sociedad norteamericana, blancos y negros todos. Oscar Romero aseguró que llegaran la verdad y la justicia a su pueblo salvadoreño, entregando la vida por sus ovejas. El Dalai Lama logra reunir el pueblo tibetano y mantenerlo, dándoles de comer de las riquezas de la espiritualidad budista. En realidad, es Dios que alimenta a su rebaño por tales pastores, y nadie puede igualarse al Buen Pastor mismo, su Hijo, quien busca reunir y dar vida al rebaño universal, abriendo la puerta a toda la familia humana hacia el pasto mejor de todos: una Vida Nueva de cercanía a la Fuente de la Vida, Dios mismo.
Jesús es la Puerta a Buen Pasto: Consumimos muchas cosas por la boca, por los ojos, por los cinco sentidos, cosas que se ven apetitosas y ricas, cosas que no resultan ser lo que prometían ser, y cosas francamente malas para la salud física, emocional y espiritual. Somos una sociedad consumista, en medio de un mundo globalizado que busca hacer un gran mercado para productos que prometen la belleza, el bienestar material, la comodidad y la alegría. Sin dudas hay avances en la vida, y hemos aprendido la importancia de la salud, del respeto por el medio ambiente, de la justicia para todo individuo—pero no ha resultado ser el mejor pasto. La globalización también ha fomentado maneras de morir, espiritualmente y físicamente, también, por las adicciones de varios tipos, por el individualismo que no se preocupa por los débiles, los ancianos y los pobres, por la violencia física o emocional como entretención y legítimo recurso dentro de los conflictos entre personas y pueblos.
El buen pasto es algo que alimenta y hace crecer nuestro espíritu de solidaridad con los que sufren, y reconocer la cercanía de Dios en nuestras vidas. Es una fuente de energía y de esperanza, que nos reconcilia los unos con los otros y crea comunidad, organización, Iglesia. Este pasto nos satisface el hambre de la justicia y de la verdad, y apaga la sed de la fraternidad y de la unión familiar. Se cumplen los sueños de una tierra nueva y un cielo nuevo, donde la humanidad se une en un solo Reino, el Reino de Dios que hace florecer todas las culturas y distintas maneras de vivir de la familia humana, respetuosa de los ritmos de la naturaleza y descartando maneras contaminantes de vivir.
Por la calidad de pasto, conoceremos al buen pastor, y lograremos distinguir entre la voz de Jesús y la voz de los que prometen mucho, pero abren la puerta a un campo inferior, venenoso y desprotegido de los lobos. Si respondemos a esta voz con un movimiento hacia Jesús—vivo y presente entre sus discípulos misioneros de hoy—aprenderemos a saborear y anhelar el pasto bueno, perdonando sin límites, construyendo una sociedad justa, sostenidos por un Dios cercano y de relevancia diaria, alegrándose por su bondad y espíritu. El rebaño de los creyentes gozará de la paz interior y del gozo apasionado, dispuestos a seguir a su Pastor Resucitado, quien vence a la muerte y al pecado, y es la única defensa del ser humano contra los ataques del mal.
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