Los hijos revelan muchos sobre sus padres. Cuando los jóvenes brillan por su amabilidad y cortesía, se nota la Buena crianza y la preocupación que sus padres tenían al enseñarles las buenas modales y el respeto por otros.
“Sus padres deben ser personas muy entregados por el bienestar de sus hijos,” pensamos, y quizás nos invade un deseo de conocerles.
Algo semejante pasa cuando conocemos a Jesús. Sus palabras luminosas, sus gestos de autoridad, su cercanía a los niños, su presocupación por los enfermos también nos impresionan y nos despierta la inquietud de conocer a su Padre, y de acercarnos a Él.
En el Evangelio del domingo pasado, Jesús se prepara a terminar su estadía entre sus amigos, y da ánimo a ellos.
“Que no tiemble su corazón,” dice. “Yo me voy al Padre.”
Tomás quiere conocer el camino hacia su Padre, y Felipe desea ver al Padre sin tener que caminar donde Él, pero Jesús insiste:
“Ya saben el camino. Ya han visto al Padre.”
Todo el tiempo que sus amigos han pasado con Jesús ha sido tiempo de ver el camino, ha sido tiempo de ver al Padre.
El gozo, la paz y la plenitud que cada corazón humano espera encontrar durante su vida es en realidad la búsqueda de Dios—aún para los que dicen no creer en nada. No hay otro camino que el camino trazado y transitado por Jesús—el camino del amor puesto en la práctica; es decir, el camino de la compasión, de la justicia, del perdón y de la solidaridad. Vemos al Padre que obra por medio de su Hijo, al Padre que nos da una Nueva Vida en su Hijo, en el camino.
Ya conocemos el camino. Ya hemos visto al Padre. Ahora, …a caminar.
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